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Bartolomé Esteban Murillo: el gran pintor del Siglo de Oro sevillano

Hay ciudades que producen artistas, y hay artistas que producen ciudades. Murillo pertenece a esta segunda categoría. Nació en Sevilla, vivió casi toda su vida en Sevilla, pintó para sus iglesias y conventos, retrató a sus gentes y murió en uno de sus barrios más emblemáticos. Hoy su nombre aparece en plazas y jardines de la ciudad, sus cuadros cuelgan en los museos más importantes del mundo, y su figura sigue siendo, casi tres siglos y medio después de su muerte, uno de los grandes referentes de la historia del arte sevillano. Desde Intursafe, expertos en turismo en Sevilla, te contamos quién fue Murillo, cuál es su obra más importante y dónde encontrar su legado en la ciudad.
¿Quién fue Bartolomé Esteban Murillo?
Bartolomé Esteban Murillo nació en Sevilla en los últimos días de 1617 y fue bautizado el 1 de enero de 1618 en la parroquia de Santa María Magdalena. Era el menor de catorce hermanos, hijo de un barbero-cirujano de posición acomodada y de una madre que provenía de familia de plateros con algún pintor entre sus parientes. Con apenas nueve años quedó huérfano de padre y madre en el plazo de seis meses, y fue su hermana Ana quien se hizo cargo de él.
Comenzó su formación artística en el taller de Juan del Castillo, pariente por vía materna, donde aprendió los fundamentos del oficio durante varios años. La Sevilla en la que creció era una ciudad en pleno esplendor: el oro de América llegaba al puerto del Guadalquivir, la ciudad bullía de comercio, cultura y arte, y era uno de los focos culturales más vibrantes de Europa. Murillo absorbió todo eso y lo transformó en pintura.

En 1645 contrajo matrimonio con Beatriz Cabrera y Villalobos y recibió su primer encargo de importancia: una serie de trece lienzos para el claustro del Convento de San Francisco de Sevilla que le dieron de inmediato una reputación que ya no dejaría de crecer. Tuvo diez hijos, de los cuales varios murieron en la infancia, pérdidas que marcaron profundamente su sensibilidad y explican en parte la ternura con la que retrató a los niños, tanto en escenas religiosas como en aquellas pinturas costumbristas de pilluelos y mendigos que siguen sorprendiendo hoy por su modernidad y humanidad.
La Academia de Bellas Artes y el reconocimiento internacional
En 1660, junto con Francisco de Herrera el Mozo, Murillo fundó la Academia de Bellas Artes de Sevilla, de la que fue su primer presidente. La academia reunía a artistas para estudiar y dibujar del natural, elevando el nivel técnico y expresivo de la pintura sevillana.
En ese mismo periodo se convirtió en el primer pintor de la ciudad, superando en fama y encargos incluso a Zurbarán. Sus obras llegaron a las principales iglesias y conventos de Sevilla, a las casas de las familias más nobles y a colecciones privadas de toda Europa. El rey Carlos II llegó a ofrecerle trasladarse a Madrid como pintor de corte, una oferta que Murillo rechazó: su ciudad era Sevilla y de Sevilla no se movía.
Técnicamente, su evolución fue constante y notable. De los primeros trabajos de influencia naturalista pasó al pleno barroco, incorporando influencias flamencas y venecianas que asimiló en parte durante su visita a Madrid en 1658, donde pudo contemplar las colecciones reales con obras de Tiziano, Rubens y Van Dyck. En su etapa final desarrolló una pincelada suelta y luminosa, con figuras difuminadas en atmósferas casi etéreas, que algunos historiadores consideran una anticipación del rococó y otros ven como preludio del impresionismo.
¿Cuál es la obra más importante de Murillo?
La obra más importante de Murillo es la conocida como Inmaculada Concepción de los Venerables o Inmaculada de Soult, pintada hacia 1678 y conservada hoy en el Museo del Prado de Madrid. Se trata del cuadro más monumental de todos los que Murillo dedicó a este tema a lo largo de su carrera, considerado a mediados del siglo XIX como una de las creaciones más importantes de toda la historia del arte.
El cuadro fue encargado por el canónigo Justino de Neve para la iglesia del Hospital de los Venerables Sacerdotes de Sevilla. Representa a la Virgen María vestida de blanco y manto azul, con las manos cruzadas sobre el pecho, pisando la luna y con la mirada dirigida al cielo, rodeada de un coro de ángeles en espiral. La composición, el uso de la luz y la profundidad emocional de la imagen la convierten en la expresión más lograda de una iconografía que Murillo cultivó durante toda su vida.
La historia posterior del cuadro añade capas a su leyenda. Durante la invasión francesa, en 1813, el mariscal Soult se llevó el lienzo a París junto con otras obras de Murillo. A la muerte del mariscal, en 1851, el cuadro fue vendido en subasta pública y adquirido por el Museo del Louvre por 615.300 francos de oro, la cantidad más elevada jamás pagada por una pintura hasta ese momento. En 1941 la obra regresó a España mediante un intercambio con el gobierno francés y pasó al Museo del Prado, donde hoy puede contemplarse.
Pero reducir a Murillo a una sola obra sería un error. Durante su prolífica carrera pintó alrededor de veinte versiones distintas del tema de la Inmaculada Concepción, además de series completas para la iglesia de Santa María la Blanca, el Hospital de la Santa Caridad o el convento de los Capuchinos. Y junto a toda esa producción religiosa, cultivó escenas de género con una naturalidad que todavía hoy resulta asombrosa: sus niños comiendo fruta, sus pilluelos jugando en las calles de Sevilla, sus escenas de mercado, son un documento visual único de la vida cotidiana de la ciudad en el siglo XVII.
La muerte de Murillo y el enigma de su sepultura
En 1681, trabajando en el retablo mayor para el convento de los Capuchinos de Cádiz, Murillo sufrió una grave caída desde el andamio que agravó una hernia intestinal que padecía desde tiempo atrás. Apenas unos meses después, el 3 de abril de 1682, fallecía en su casa del barrio de Santa Cruz, el barrio donde había pasado los últimos años de su vida.

En su testamento pidió ser enterrado en la antigua iglesia de Santa Cruz, parroquia a la que pertenecía como vecino del barrio. Sin embargo, durante la ocupación francesa de Sevilla, en 1810, el gobierno de José Bonaparte ordenó la demolición de la antigua iglesia de Santa Cruz como parte de un plan de reurbanización. El templo fue derribado y del solar surgió la plaza que hoy conocemos como Plaza de Santa Cruz. Los restos de Murillo quedaron sepultados bajo esa demolición, sin que desde entonces haya sido posible localizarlos con exactitud.
Hoy, en la fachada oeste de la Plaza de Santa Cruz, una lápida colocada por la Academia de Bellas Artes de Sevilla en 1858 recuerda que en algún punto de ese lugar, donde estuvo la primitiva iglesia, descansan los restos del gran pintor sevillano.
Dónde ver la obra de Murillo en Sevilla
Aunque sus cuadros más célebres están repartidos por museos de medio mundo, Sevilla conserva un legado importante de su obra. Estos son los principales lugares donde puedes encontrarla:
Museo de Bellas Artes de Sevilla: Es la pinacoteca más importante de la ciudad y uno de los museos de arte más relevantes de España. Alberga una colección significativa de obras de Murillo, incluyendo algunas de sus series más representativas. La visita es gratuita para ciudadanos de la UE.
Hospital de la Santa Caridad: Este edificio barroco del barrio del Arenal conserva algunas de las obras más impactantes de Murillo, junto con trabajos de Valdés Leal. Es uno de los espacios donde mejor se puede entender la relación entre arte y devoción en la Sevilla del siglo XVII.
Iglesia de Santa María la Blanca: En el barrio de Santa Cruz, conserva trabajos vinculados al periodo de mayor madurez del pintor.
Plaza de Santa Cruz: La lápida conmemorativa marca el lugar aproximado donde reposan los restos de Murillo. Es un punto de parada obligatoria en cualquier recorrido por el barrio donde vivió y murió el pintor.
Jardines de Murillo y Plaza del Museo: El nombre de Murillo aparece en algunos de los espacios públicos más reconocibles de Sevilla. Su estatua preside la Plaza del Museo, frente al Museo de Bellas Artes.
Murillo en el contexto del arte sevillano
Murillo no es un artista que pueda entenderse de forma aislada. Forma parte de una generación extraordinaria de pintores sevillanos del siglo XVII que incluye a Velázquez y Zurbarán, y que convirtieron a Sevilla en uno de los focos artísticos más importantes de Europa en ese periodo. Visitar Sevilla sin conocer a Murillo es perderse una parte fundamental de lo que hace especial a esta ciudad.

Desde Intursafe, te recomendamos incluir en tu visita a Sevilla un recorrido por los espacios vinculados a Murillo: el barrio de Santa Cruz donde vivió y murió, el Museo de Bellas Artes donde se conserva parte de su obra, y el Hospital de la Santa Caridad donde sus pinturas siguen cumpliendo la función devocional para la que fueron creadas. Nuestros Packs de Actividades incluyen visitas guiadas por el barrio de Santa Cruz y otras zonas históricas de la ciudad, siempre con descuento. Una forma completa y organizada de descubrir la Sevilla que Murillo pintó y que todavía hoy puede reconocerse en sus cuadros.